Masturbación en el pasado: la mano que "peca" y los antiguos (y absurdos) artilugios de tortura contra esa actividad.

En pleno siglo XX, la tortura fue el tratamiento propuesto contra la masturbación.

Contra la mano que "peca"

En la foto que ilustra este artículo, puedes apreciar  la imagen de un espantoso sujeto: el masturbador. Por lo menos, así lo mostraban los libros "científicos" del siglo XIX. En los grabados está, en primer lugar, el masturbador habitual (listo para convertirse en imbécil); luego, el masturbador desenfrenado (loco de atar, ya); y, por último, el masturbador crónico (con evidencias de oftalmía espermatorreica).

Es difícil imaginarse cómo empezó ésto, pero empezó.

Es una historia sórdida, como muchas, que se refiere a la manera en que padres, madres, médicos y sacerdotes, idearon convertir la masturbación en un horrendo pecado. Un pecado que llegó a castigarse con la tortura y la mutilación, en pleno siglo XX.

Pero vamos por orden.

En la historia, primero habían sido las recomendaciones de la Iglesia, que instaban a los fieles a evitar la práctica, sancionándola con penitencias nada graves. Después, un hombre oscuro llamado Bekker, cura de profesión, escribió en 1700 un libro llamado "Onania, el horrendo pecado de la autopolución y de todas sus terribles consecuencias en ambos sexos, con consejos espirituales y físicos para quienes ya se han perjudicado con esta abominable práctica, a lo cual se agrega la carta de una dama al autor sobre el uso y abuso del lecho conyugal, y la respuesta del autor".

El libro no tuvo otro propósito que estimular la venta de ciertos productos, que vendía el propio Bekker, y su éxito fue precario. Pero lo importante es que con él se inventó un pecado nuevo: el onanismo, un falso equivalente de la masturbación, ya que Onán, personaje bíblico en el que se basó el autor, no se masturbaba, sino que practicaba el coito interrumpido y, por lo mismo, fue castigado por Dios.

El sacerdote comerciante aseguraba que el vicio onanístico producía, entre otras cosas, lasitud, flojera, debilitamiento de la marcha, paroxismos, agotamiento, sequedad, fiebres, dolores en las membranas cerebrales, oscurecimiento del sentido y sobre todo de la vista,  deterioro de la médula espinal, y algunos males más.

Bekker no fue un bestseller y su libro habría terminado en el olvido, si no es porque vino la represión científica a la masturbación, y un proceso de creación de angustia que dura hasta nuestros días, encomendada a un médico, asesor del Papa, de nombre Tissot.

Este recogió todo el arsenal de tonterías de Bekker en un libro, aparecido en 1758, que tituló, escuetamente: "El Onanismo. Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación."

Tissot retomó el tema donde lo dejara Bekker, señalando que el onanismo es fuente de innumerables males, ninguno leve, como la "consunción", la locura, la ceguera, la imbecilidad, el priapismo, la gonorrea, el lesbianismo y, claro, la muerte.

Tissot iba más lejos, pues aseguraba que toda actividad sexual es peligrosa en razón de que provoca una afluencia de sangre al cerebro, por lo que desnutre los nervios, los hace más susceptibles a las lesiones y estimula consecuencialmente la locura. Mas, el orgasmo solitario es el más peligroso de todos, porque es posible practicarlo cómodamente y a edad muy temprana favoreciendo los excesos. Además, y para colmo, se trata de un crimen tan atroz que la culpa de su perpetración es por sí misma peligrosa para el organismo. El masturbador, permanentemente exhausto, es proclive a la melancolía, las crisis paroxísticas, la ceguera, la catalepsia, la impotencia, la indigestión, el cretinismo y la parálisis, males éstos "que lo hacen digno de desprecio antes que de compasión cuando se le compara con hombres menos infames, tanto ante los ojos de sus semejantes como antes los de la deidad colérica que le aseguro futuro cierto en el fuego infernal".

No obstante, hasta ahí la cosa no pasaba a mayores.

En verdad, los médicos aprovechaban las lecciones de Tissot para comerciar con ciertas recetas de su invención, con las que pretendían curar el detestable mal. Famosa es, por ejemplo, la tintura solar del Dr. Sibly, de eficacia probada, para mejorar al masturbador, que debía tomarse cuatro veces al día en el primer mes, tres en el segundo y dos en los meses subsiguientes.

Fue en el siglo siguiente cuando la situación se tornó grave, pues derivó en el ataque frontal a la libertad personal y a las garantías individuales. Como emblema de los nuevos tiempos, hacia 1850, los biógrafos de Napoleón, La Bestia, lo sindican como empedernido masturbante: "Enjuto, cetrino, breve de estatura por rezago en el crecimiento, dábale su proceder apariencias enfermizas, visos de alelado, según ocurre con quienes se acogen a la sombra de Onán".

William Acton, autor de "Las funciones y desórdenes de los órganos reproductivos", publicado en 1857, recomienda a los masturbadores adultos dormir con las manos amarradas detrás de la espalda y sugiere: "si en el paciente existe la práctica de la masturbación, deben tomarse medidas para corregirla. En la infancia, el hábito puede ser corregido por la práctica común de poner mitones en las manos o colocarle una especie de camisa de fuerza...Entre los remedios profilácticos para el autoabuso, el baño de esponja es el más importante. El bañista debe sentarse en medio de la tina, con los pies en el piso; tirándose hacia atrás el prepucio, por uno o dos minutos debe echarse agua helada sobre la espalda, pecho, abdomen y muslos; cuidándose lo más posible de dirigir el agua hacia los genitales."

Más enérgico es el Dr. Sylvanus Stall, quien señala:

"La condición espantosa y desvalida de aquellos que han sido definitivamente conquistados por este hábito se refleja en el hecho de que, para impedir que se repita el acto de la masturbación, y si ello es posible para curar permanentemente a la víctima de este vicio, a menudo es necesario colocar a los niños dentro de un chaleco de fuerza, a veces hay que atarlas manos detrás de la espalda, a veces hay que atárselas a los postes de la cama, o asegurarlas mediante cuerdas o cadenas a anillos embutidos a la pared, y hay que recurrir a medidas extremas de diversa óndole para salvar al individuo de la autodestrucción mental y física."

Entre esas medidas adicionales están, desde luego, las palizas con varas, los azotes y la lesión cauterizante de la mano pecadora. Se ideó, también, entablillar a los transgresores, quemarle los genitales, o golpearlos antes la sola sospecha de la transgresión.

Y nada. Pues siguieron existiendo los masturbadores.

Entonces aparecieron nuevos grupos de represores: los cirujanos y los inventores.

Los primeros, que bisturí en mano procuraron la supresión total de la costumbre; los segundos, que con la luz de su imaginación, fantasearon en la invención de extraños artefactos, no muy ajenos a los empleados en la tortura.

En 1885, en Inglaterra, un médico llamado Isaac Baker-Brown dio a la publicidad "un remedio" ya utilizado por otras culturas: la extirpación del clítoris como camino para el destierro de la masturbación femenina.

La clitoridectomía se ha empleado en Oriente, tanto por razones religiosas como por el interés de ciertas comunidades por preservar la castidad de sus doncellas. Baker-Brown, a la sazón presidente de la Sociedad Médica de Londres, recogió esta alternativa y comenzó a tratar lo que denominó "excitación periférica" (masturbación) atendiendo a infinidad de pacientes. Por su infinita falta escrúpulos, Baker-Brown terminó siendo expulsado de la comunidad médica, pero su método continuó utilizándose y llegó inclusive a los Estados Unidos. Allí, el Dr. J.A. Bloch, autor de un artículo titulado "La perversión sexual en la mujer" recomendaba la operación como medio para evitar la masturbación y lograr así que las niñas crecieran "más traviesas y robustas".

Recogiendo una idea planteada en 1786 por el médico alemán S. G. Vogel, muchos médicos eligieron la infibulación, intervención por la cual se insertaba un alambre de plata en el prepucio o se procedía a la oclusión del orificio vaginal mediante sutura. La iniciativa tuvo tanta aceptación que el Dr. Yellowiees, uno de los divulgadores de la técnica, sostenía ufano: "Me propongo probarla en gran escala y seguir alambrando a todos los masturbadores."

Vagina infibulada

Entre 1860 y 1920 ningún libro de medicina que se preciara de bueno omitía alguna receta. El de Bernard Sachs sugería la infibulación, la cauterización de los genitales y de la columna, Otros postulaban por la ampollación del pene con mercurio u otra sustancia. La circuncisión no escapaba a las opciones posibles ni tampoco el entablillado.

Aproximadamente en 1890 surgió la llamada "cirugía de los orificios" que, a más de recomendar la dilatación quirúrgica del ano, sostenía la necesidad de practicar la circuncisión en hombres y mujeres, particularmente en ellas porque, como dijo uno de sus propugnadores en un texto ya clásico: "siento un impulso irresistible a vociferar contra el vergonzoso descuido del clítoris y del capuchón, pues cuánta enfermedad y sufrimiento habría podido ahorrarse el sexo débil de haber recibido este importante asunto la debida atención y consideración de la profesión médica."

Pero ineficaces los remedios caseros, caros los tratamientos quirúrgicos reseñados, el sistema se las ingenió para ofrecer a las nacientes clases medias algunas invenciones, relativamente económicas, patentadas de acuerdo con la ley.

A puertas cerradas, los inventores -en raptos de delirante imaginación- se pusieron a la tarea de crear los aparatos antimasturbatorios.

Se trataba, en verdad, de artefactos hechos con esmero y dedicación, que buscaban erradicar la mala práctica. En 1822, Jalade-Lafond ensalzaba las virtudes de un cinturón de castidad contra la masturbación y en 1848, un escocés, Moodie, preocupado por la frecuencia de la masturbación femenina, sugería una faja femenina de castidad en su "Tratado médico con principios v observaciones para preservar la castidad y la moralidad". Esta faja de es una suerte de almohada, recubierta con una rejilla de fierro, concebida para reposar sobre la vulva. Gracias a las barras de la rejilla se lograba la oclusión de los labios mayores. "El aparato, dice un autor, se aseguraba mediante cinturones a un par de bombachas ceñidas y se clausuraba con un candado cuya cerradura estaba oculta por una pestaña secreta". Por su conformación, servía igualmente, como adminículo para cuidar de la castidad de las señoritas.

A principios de siglo, la exclusiva Casa Mathíeu, de Francia, incluía en su catálogo una sección de "Aparejos contra el onanismo". Entre las muchas variedades están unos guantes, en cuya palma aparecen una especie de ralladores de queso. Según el gran sexólogo Marco Aurelio Denegri, a quien mucho le debemos en este reportaje: "Va dé suyo que tocarse el pene con semejante appareil equivalía a rallarlo como si fuera un queso o una nuez moscada".

También se ofrecía una gran variedad de constrictores que, ni duda cabe, impiden la masturbación: camisas de fuerza, fajas antimasturbatorias, cintos con puntas o con púas, entablillados, etcétera.

En Norteamérica, la Oficina de Patentes, recibía novedades: El "Adminículo sanitario de Sonn" (patente 826), por ejemplo. "Este artificio antimasturbatorio, señala Denegri, consistía en una cubierta metálica que tenía elementos sostenedores y agarradores. Estos elementos de sujeción y agarre operaban mediante un muelle poderoso, apoyado en las bisagras que lo unían al aparato. Al ocurrir la erección, ajustaban automáticamente el miembro, originando así un agudo dolor".

Estaba también el aparato de MacCormick, de San Francisco (patente No. 587.994): "Consistía en el escudo de metal que se ajustaba al abdomen y se sostenía con un cinturón. La parte inferior del aparato, en forma tubular, albergaba al pene. Tenía en su interior numerosos aguijones de hierro". Así, cuando por cualquier causa, explicaba MeCormick, comience la expansión del órgano, éste se pondrá en contacto con las puntas agudas, produciéndose entonces el dolor necesario o la sensación de advertencia".

Asimismo: "Joseph Lee, de Pennsilvania, inventó en 1900 un aparato quirúrgico (patente No. 641,979). Se componía de un 'recibidor del pene' que se ajustaba al cuerpo mediante un cinturón. Lee se las había ingeniado para adaptarle una pila a su invento. Si quien lo usara tenía una erección mientras dormía, la erección causaba un contacto eléctrico que hacía sonar una alarma, suficientemente bulliciosa para despertar a cualquiera del sueño más pesado".

0, finalmente:  "Una señora de Minesota, Ellen E. Perkins, obtuvo en 1908 la patente No. 875.845 para su 'armadura sexual', que era una especie de cinturón de castidad masculino, pero con tirantes. En su solicitud, decía la señora Perkins que había inventado esta armadura para evitar la deplorable y bien conocida causa de la demencia, la imbecilidad y la debilidad mental, o sea, la autocomplacencia".

El progreso en las comunicaciones prestó también su ayuda. Entre los primeros cilindros para fonógrafos se recuerda uno grabado por la siniestra voz del ya citado Sylvanus Stall, doctor en teología. En las sombras de la noche -y como un anticipo de las futuras posesiones satánicas aterrorizantes, la voz del teólogo amedrentaba a los afiebrados.

Finalmente se editaron unas tarjetas especiales, "las tarjetas de castidad", que inventó el Dr. Lewis, con simpleza casi campesina. Todo varón, pecador o inocente, debía incluir en sus bolsillos una de estas tarjetas. En ellas iban anotados doce temas de reflexión destinados para alejar la erección inoportuna y los pensamientos sucios con la suficiente energia. Son fórmulas sencillas, pero "absorbentes", que "alejan al débil de la concupiscencia".

Hubo más artificios. Sin embargo, el mejor y más poderoso, porque todavía se mueve en las sinuosidades de la mente, es el propio fantasma de la falsa enfermedad, con las secuelas de pesadilla que le atribuyeron los represores.