Los tríos son promocionados por quienes los han disfrutado, por las películas porno, y por quienes desean locamente participar en uno de ellos. Incluir a un tercero en la relación dual que ha santificado la tradición, asegura -para muchos- una deliciosa y prudente experiencia que oxigena las relaciones ya desgastadas; o por lo menos, le imprime mucha emoción a una noche de copas en medio de la soltería. Yo no soy la excepción, ¿un trío?... ¡Qué delicia! Que rico ofrecer mi cuerpo a dos en simultáneo, y exigirme destreza para satisfacer a los dos comensales.

Sin duda tiene mucho morbo. Aunque con esto no quiero declararme un erudito en el tema, al contrario, mis acercamientos a esta experiencia son mínimos.El punto es que en los dos intentos de trío que he tenido, las cosas no han salido bien. ¿Por qué?... Creo tener respuestas: un jugador sin gracia para mí; y mi novio como participante.

La primera vez me dejé convencer de "un ejemplar" interesante que prometía mucho, pero que venía con un regalo incluido: su novio, un hombre que no me provocaba la más mínima alteración hormonal.

Durante un viaje al exterior, en una noche de rumba, me fijé en un hombre de porte muy latino. Miradas van y vienen, y de pronto me entero de que es colombiano. "Qué bien caería un platillo típico en medio de tantas delicias extrañas", pensé.

Hablamos, bailamos, terminó la rumba, y yo estaba seguro de que pasaría una noche deliciosa en Francia arrullado por un latin lover made in Colombia. Deducción errónea, caballero. Afuera lo esperaba su novio, se llamaba Alan. Alto, blanco, no hablaba español, y jugaba un rol muy servil para con mi elegido –no lo juzgo, sólo que daba esa sensación-.

Llegamos a la casa, y el juego con mi compatriota empezó. Besos, manos apuradas y abusivas. Y mi pudor bajó tanto como los pantalones que cayeron al nivel del piso. Las camisas desaparecieron y Alan apareció con dos bebidas, y sus ganas escondidas debajo de su ropa. Sin decir nada se la quita, la ropa, porque las ganas se las deja todas, e incluso, muestra otras más fuertes, rígidas y contundentes.

Yo miro a mi colombiano, lo beso y lo abrazo para mantenerme a salvo de los deseos de su pareja, ¡qué descaro!

Alan me toca con las ganas que escondía debajo de la camisa, y me deja sentir toda la rigidez y contundencia de sus deseos a punto de explotar encima o dentro de mí. Yo sigo un poco el juego, pero no hay nada que hacer, Alan no me gusta. Se lo digo en español al colombiano y la función termina, porque su acuerdo era "comer siempre del mismo plato", nadie puede quedar más lleno o hambriento que el otro. Otra vez será.

Esa otra vez llegó hace más o menos un año. Llevaba un tiempo importante de relación con mi novio y según un acuerdo, considerábamos prudente "llenar de oxígeno nuestra relación": en pocas palabras, acostarnos con otro era el paso siguiente. Sin duda, esta gran decisión nos alborotó las ganas de salir y conseguir al número TRES. En la rumba podría resultar… Y resultó.

Un conocido de los dos se acercó y empezamos a bailar. Tenía movimientos interesantes, tanto como para producir una doble erección, la mía y a de mi novio. Jueguito de manos, y un par de horas después yo estaba montado en el carro de este tercero, siguiendo el carro de mi novio. Mi responsabilidad era mantener su interés erecto, y evitar que su decisión de acompañarnos se desviara del camino. Llegamos a la casa -un apartamento que compartía con mi novio-. Se dio una conversación sin contenido durante unos minutos y era hora de permitirle al tercero que entrara a nuestra cama.

Él besaba a mi novio, yo lo besaba a él. Mi novio me besaba, y él me cogía todo lo que mi novio había marcado como suyo en noches anteriores.

De un momento a otro, las cosas cambiaron y mi excitación decidió vestirse. Unos segundos más tarde, mi erección se mantenía gracias a las imágenes de otros hombres archivados en mi memoria, no gracias a la imagen sudorosa y arrecha de mi novio colonizado por un desconocido. Me quería ir. Todas las imágenes de parejas felices activaron mi incomodidad frente a ese cuadro impresionista que me empezaba a doler. Y yo seguía ahí, participando de la faena, sin excitación real, sólo para no parecer un tonto con carácter.

No había rivalidad por la atención del invitado, todos recibíamos en justa medida, incluso me sentía más digno de miradas, pues mi imagen permanecía intacta, limpia, y fresca, en comparación a la cara desencajada de mi novio, todo húmedo y caliente a manos de alguien distinto a mí.

Yo miraba para el techo mientras me dejaba tocar de los dos. De vez en cuando les sonreía, al tercero para que se llevara una buena imagen de mi familia, y a mi novio, como respondiéndole que todo estaba bien y que no me arrepentía, que no me sentía víctima de mi propia invento. ¡Qué idiota!

Pero en el fondo, me daba rabia que ese tercero lo hiciera sonreír de placer haciéndole cosas que eran de mi potestad, y otras que jamás yo le había hecho.

Todos logramos terminar, ellos gracias a ellos, y yo gracias a los hombres archivados en mi memoria.Nos quedamos en la cama por unos minutos, y yo seguía tranquilo porque el actor debe mantener su actitud hasta el final de la función. Otros diez minutos de conversación vacía, y el Tercero decide irse a su casa.

Ahora si quedamos solos, mi novio y yo, los intrusos habían desaparecido. Me preguntó como me sentía y sólo dije que me había parecido algo extraño; temía que en próximas ocasiones tuviera que comerme las palabras cuando toda esta aventura me empezara a gustar.

Sin embargo, con mi actitud distante le expresaba todo lo que usted como lector ya sabe. Esto permitió que siguiéramos explorando en otros espacios diferentes a la casa, pero sin lograr encuentros concretos porque a mi ya no me interesaba. Unos meses después la relación se rompió, pues creía que nuestras maneras de entender la pareja eran distintas. Él aseguró que no sucedería de nuevo, pero yo me sentía mal, y nos separamos.

Tanto oxígeno para la relación sólo logró fisuras profundas, y la verdad, me costó sacarme de la memoria su imagen sudando a manos de otro. No volví a intentarlo, por ahora - para mí - dos son compañía y tres son multitud, por lo menos cuando hay afectos de por medio.

Si fuera con desconocidos el morbo sigue vivo, y el deseo de lograr un trío exitoso, algún día, está presente.

Quizás en unos años logré abrir mis relaciones a terceros, o quizás jamás lo permita. Por ahora prefiero oxigenarme a solas. Aunque las películas porno me inviten a intentarlo; aunque las parejas de amigos que logran hacerlo sin fracasar en el intento, me digan que es cuestión de madurez.

Si las ciencias que estudian el comportamiento están de acuerdo con ellos, prefiero declararme inmaduro, a ver que otro se deleita con el sabor de mi novio en mi cama, en mi casa, y conmigo como testigo. Seguramente si usted ha tenido éxito con su pareja en estos asuntos, me invitara a despojarme del carácter posesivo que habita en mi cabeza monógama, retada siempre por mis impulsos bajos más bien promiscuos. De repente en algunos años le de la razón. Si no es así, seguiré de acuerdo con los lectores que creen que con uno es suficiente.

¡Qué viva la diversidad de opiniones!

fuente: minoriassexuales